martes, diciembre 18, 2007

Ella sólo quiere bailar



Juliana Sáenz es la bailarina más joven del Cuban Classical Ballet of Miami. Tiene 15 años y ya hizo parte de una de las obras cumbres del ballet clásico: Giselle. Estuvo en Cali pero ya regresó para ensayar sus próximas apariciones en febrero. La obra: El lago de los Cisnes, del autor ruso Tchaikovsky. Perfil.

El País - Cali

Las zapatillas de ballet las guardó en la maleta a escondidas de su madre. Porque la condición para este viaje después de 3 años de no venir a Cali era esa. Descansar. No ir a ensayos. No bailar. Juliana Sáenz aceptó. Pero sólo de dientes para fuera. Las zapatillas también viajaron. Y en Colombia, como no, bailó.
Está sentada en un sofá del Hotel Club Campestre de Cali. Espalda erguida, manos sobre las rodillas, gafas levantadas por encima de la frente. Con 15 años luce una elegancia que sorprende. También una madurez de mujer adulta.
Mientras cuenta lo de las zapatillas se ríe. Explica. "Es que el ballet es mi pasión. Vivo para el ballet, mis días en Estados Unidos después de estudiar son ensayos, audiciones, presentaciones".

Más tarde su padre, Jaime Sáenz, me diría casi susurrando, como intentando que no lo escucharan: "nunca he visto a nadie tan entregado a una pasión, tan comprometido con un oficio. Es que no descansa. No para".
La bailarina que tengo al frente es la más joven del Cuban Classical Ballet of Miami. Nació en San Juan, Puerto Rico, pero estuvo sólo 5 meses. De padres caleños, vivió en Cali hasta los 7 años. Después, por asuntos de trabajo de sus padres, se radicaron en Estados Unidos. Viven en La Florida.
La historia con el ballet empezó desde muy niña, pero no se sabe por qué. En la familia nadie tuvo ese gusto. Nunca vio una presentación de ballet, ni siquiera por televisión. Pero un buen día se le plantó a su madre, Luz Elena, y le dijo: yo quiero bailar.
Y bailó. Empezó a recibir clases de jazz. Pero en la casa ya empezaba a mostrar los movimientos del ballet. Torso erguido. Cuerpo alargado. Saltos elegantes. Era lo suyo. Y se encaminó.
Pies de diosa
Cada que termina los ensayos diarios de 5 horas los pies le quedan deshechos. Pies rojos, deteriorados por el trajín. Por eso cuando llega a casa lo primero que hace es consentirlos. Bañarlos con agua tibia. Darles un masaje.
Es una afortunada. Porque los pies de los bailarines son cosa tremenda. Sufren de ampollas, de callos, deformaciones. Juliana se saca la zapatilla y los luce. Son perfectos.
Con esos prodigiosos pies obtuvo un papel en la obra Giselle presentada con el Cuban Classical Ballet of Miami. Con 14 años haberse presentado en el Jackie Gleason Theatre en esa obra, considerada como la maestra absoluta del teatro de la danza del Romanticismo, es para inflar el pecho. Uno de sus grandes recuerdos.
En el Cuban Classical se ha codeado con grandes bailarines como Lorena Feijoo. Tiene una profesora de la talla de Magaly Suárez, la directora artística. Y los consejos de Pedro Pablo Peña, el director general.
Y en Estados Unidos ha estado en varias academias. En el International Dance Academy, de Fort Lauderdale, Florida, se entrenó junto a Deborah Buttner. En Bogotá estuvo durante dos meses con Mónica Pacheco, de Ballarte y mientras vivió en Cali siguió las enseñanzas de Shirley Santa.
En el School of American Ballet ha ganado dos veces el honor de participar los campamentos de verano. Entre 3.000 aspirantes, escogen 200. El logro también se dio en Boston Ballet.
El sueño
Luz Elena Cepeda, su madre, por momentos se preocupa. Ve a su hija dedicada casi todo el día al ballet. Además de los ensayos y audiciones, pone dvd’s en la casa, corre la sala, y baila. Después hace ejercicios para los pies, para estar en forma. No come dulces. Se hidrata. No va a fiestas con amigas, no se toma un día libre, no piensa en otra cosa.

"El domingo le tengo prohibido hacer cualquier actividad que tenga que ver con el ballet", me dice Luz Elena. También le prohibió lo mismo en este viaje de 10 días a Colombia para ver la familia. Por eso Juliana escondió las zapatillas (se gasta tres de ellas por mes).

Pero estando en Bogotá apareció la oportunidad de ensayar en una escuela de ballet. Luz Elena no sabia cómo se iba a presentar sino tenía zapatillas. Juliana, sonriendo, las sacó de su escondite. Y ensayó durante tres días. Es que no puede perder el ritmo. En febrero próximo se presenta en Miami, en la obra el Lago de los Cisnes, la primera de las tres obras que escribió el compositor ruso Tchaikovsky. Otro gran orgullo estar ahí.

El miércoles pasado tomó un avión de regreso a La Florida. Y con ella viaja ese sueño de ser solista del New York City ballet. De consagrarse. De meterse en la historia con el ballet. Por que ella sólo quiere bailar.

Benedicto


Drama del desarraigo, al ritmo de una marea




El informe sobre el desplazamiento en Colombia que presentó Acnur en Cali asegura que el flagelo se ha incrementado en el Valle. Entre 2001 y 2003 se expulsaron 14.000 personas por año. En 2004 y 2005 la cifra bajó a 5.300, pero en 2006 los desplazados llegaron a 11.309.


El País - Cali


A Rafael Santibañez le picaron su familia con motosierras. Fue en Florencia, Putumayo. A él también las Farc lo querían matar pero se descolgó por una montaña y escapó. Cree que fue por la plata que su patrón, Jaime Castillo, le debía al grupo guerrillero. Trabajaban con coca. Él, Rafael, era raspachín.

Después de muchas vueltas llegó a Cali, al albergue de doña Martha Ramírez, en el centro de la ciudad. Era un joven de 18 años que sólo quería una cosa en la vida: venganza.

También estaban ahí Carlos Alberto Rasknamijo, un ex guerrillero de 17 años nacido en Mocoa desertor de la guerrilla; Marlene Gutiérrez, una mujer desplazada por paramilitares desde San José del Palmar, Chocó; un ganadero que prefirió reservar su identidad y que dejó todo buscando la liberación de su hijo, Alfredo, secuestrado en una montaña del Cauca por las Farc. Al final, quedó sin nada.

En el libro de registro de doña Martha consta que ha atendido a 3.600 desplazados desde 1999, cuando decidió acondicionar su casa en el barrio Junín como un albergue. Vive con ellos. Con sus dramas. Sus testimonios resumen una misma historia: la de más de dos millones de desterrados por los enfrentamientos entre los grupos armados. Una historia en donde el desarraigo de la tierra y de la vida misma son el común denominador. Cambian los nombres, los lugares. Las consecuencias son las mismas.

Qué pasa hoy en el Valle?
El drama del desplazamiento sigue latente. Y en el Valle se sintió con fuerza entre el 2006 y el 2007. Según el Balance de la Política Pública para la Atención Integral al Desplazamiento Forzado, documento presentado en Cali por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Acnur, en el año anterior se registraron en el departamento 11.309 personas desplazadas. La cifra se disparó en un 88%, teniendo en cuenta que entre el 2004 y el 2005 el número de desterrados llegó a 5.300.

Este fuerte incremento tiene que ver directamente con los 7.780 ciudadanos que en 2006 expulsó Buenaventura. El municipio fue el que más población desplazó en Colombia el año anterior.

Y es que la violencia se ensañó en el Puerto. La disputa territorial entre Farc, grupos de autodefensa emergentes, narcotráfico, atentados terroristas, son cosa del día a día. Los desplazamientos son constantes.

Con respecto a Cali, el informe de Acnur sostiene que la ciudad es el tercer municipio en el país con mayor recepción de población desplazada (36.000 personas), seguido por Buenaventura con una cifra cercana y Tuluá, a donde llegaron 8.500 desplazados.

En el mismo sentido un informe de la Defensoría del Pueblo, Seccional Valle, sostiene que Cali es el principal lugar de recepción de población desplazada en el país con 5.229 personas registradas en lo transcurrido del 2007.

Una de las explicaciones para esta situación tiene que ver con la aguda crisis en materia de derechos humanos que vive Nariño, donde el accionar de grupos al margen de la ley han provocado desplazamientos masivos como el ocurrido en El Charco, a mediados del presente año, donde cerca de 6.000 personas huyeron del municipio, buscando en el Valle una posibilidad de reiniciar sus vidas.

Un círculo vicioso
Andrés Celis, oficial nacional de protección de Acnur, sostiene que hoy en Colombia el problema del desplazamiento es un círculo vicioso. O en otras palabras, va al ritmo de una marea: en unas zonas la problemática se intensifica. En otras disminuye. Pero no para.

"Comparando las cifras con respecto a 2002, hoy se tendría que decir que la situación es menos intensa. Sin embargo, hay que resaltar que el desplazamiento se sigue concentrando en algunas áreas del país. Hipotéticamente se plantea que las mejoras en materia de seguridad que arrojan ciertos departamentos, están soportadas en una intensificación de la violencia en otras áreas de donde en promedio, se han desplazado 200.000 personas por año entre el 2003 y el 2006".

Mientras un departamento mejora en materia de seguridad, otro empeora. El Estado no tiene la capacidad suficiente de dar una respuesta simultanea en materia de seguridad en todo el territorio. "Entonces no hay resultados definitivos, sino parciales, lo que hace que la problemática vuelva y surja", agrega Celis.


Hablando el tema en cifras, 191 municipios, de los 1098 que tiene Colombia, concentran el 73% del desplazamiento en el país. Entre ellos están Cali y Buenaventura con situaciones complicadas.

Guillermo Rodríguez, coordinador de Acción Social para el Valle, sostiene, al igual que Celis, que el desplazamiento en el departamento se ha incrementado en los últimos dos años, pero resalta que "si hacemos un balance con respecto a los años anteriores, se podría asegurar que la

problemática se ha reducido en un 60%".

El reto
A pesar de los visibles esfuerzos del Gobierno en el tema (se aumentaron los recursos en cerca de dos billones y medio de pesos, se puso en marcha el Plan Nacional para la Atención Integral a la Población Desplazada, y en general se nota un compromiso para hacer cumplir la Sentencia T-025 que cobija los derechos de los desplazados), el drama sigue ahí, vivo.

Sin embargo, como rezan las voces de la Defensoría del Pueblo en Cali, Acnur y Acción Social, los flujos constantes de población desplazada no permiten que surjan soluciones definitivas al flagelo. No hay recursos que aguanten, y la capacidad del Estado para responder por los derechos de estos ciudadanos se ve disminuida. El reto está en prevenir que sigan ocurriendo desplazamientos de colombianos.

En el albergue de doña Martha Ramírez, por ahora, se están preparando. Los desplazados llevarán el Pesebre móvil en este diciembre por toda la Comuna 9 de Cali. Quieren llevar un mensaje de paz en medio de sus recuerdos de guerra y su lucha por rehacer sus vidas, por volver a ser lo que fueron algún día. Todos tienen un mismo anhelo: tranquilidad para empezar de nuevo.

martes, mayo 22, 2007

El lento y persistente avance de la guerrilla y los "paras" en Nariño













http://www.semana.com/wf_InfoArticulo.aspx?IdArt=102099

En el recorrido, por tierra, reina el silencio, la tranquilidad. También la belleza. Cuesta retirar los ojos de la ventana, cuesta distraerse ante la imponencia de esas montañas gigantes que son como guardianes del territorio. Hay verdes de todos los tonos imaginables. El recorrido hacia Nariño es majestuoso.


Y ahí, en la tierra del volcán Galeras, del Nudo de los Pastos, del Carnaval de blancos y negros, cuna del río Magdalena, Cauca y Patía, de sus gentes, blanco de mofas en los chistes del país, pero descomunales en hospitalidad y calidad humana; la guerra está acabando con la vida de muchos. Un drama contado en las voces de campesinos, indígenas y afrocolombianos. El conflicto armado y la violación de los derechos humanos se han tomado, en silencio, muchos de los municipios de Nariño como si fuera un cáncer fulminante.

En Nariño se vive un auténtico vía crucis que el país desconoce. Ya son varios los combates que se han registrado entre grupos armados, masacres y desplazamientos masivos que según la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento, Codhes, están relacionados con la disputa por el control de puertos clave para la comercialización de estupefacientes, armas y precursores químicos para la producción de droga en la región.

Y es que a pesar del proceso de desmovilización de paramilitares adelantado por el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, en Nariño persiste la presencia de estos grupos y su restablecimiento como organizaciones criminales. Según versiones de habitantes de Tumaco entregadas a SEMANA, el fenómeno del paramilitarismo se concentró con fuerza en la zona y es el gran causante de los desplazamientos y de la aniquilación de mucha de la población afrodescendiente. “A pesar de que dejaron las armas, muchos de estos grupos se están rearmando como bandas de sicariato”, aseguraron.

El olor de la madera

Un importante líder comunitario y residente del municipio de Policarpa, ubicado a 93 kilómetros de Pasto y uno de los más violentos del país (en 2006 dobló el promedio nacional en cuanto a las tasas de homicidios en los municipios de Colombia), sostiene que es posible que los paramilitares se presenten en la región para controlar el territorio, “sobre todo, las zonas donde hay oro, madera, uranio y fuentes hídricas para establecer hidroeléctricas”.

Organizaciones como la ONU ya se han referido a la continuidad del fenómeno paramilitar a pesar del proceso de dejación de armas. El informe correspondiente a 2006 de la oficina de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Colombia advierte que “resulta de especial preocupación el hecho de que numerosos integrantes de los cuadros medios del paramilitarismo no se desmovilizaron o han vuelto a armarse y dirigen nuevos grupos armados ilegales que han ido surgiendo en distintas partes del país. Las características de éstos revelan una fuerte compenetración con el crimen organizado y el narcotráfico. Preocupa a la Alta Comisionada el hecho de que sigan en pie estructuras políticas y económicas creadas por paramilitares en varias entidades territoriales y diversos sectores sociales”.

De acuerdo con esta oficina, en el caso de Nariño los grupos paramilitares que están operando son la Organización Nueva Generación, (ONG), las Águilas Negras y Los Rastrojos, que ha puesto sus acciones al servicio de los carteles de la droga. En Tumaco la situación es compleja. El asesinato selectivo de personas es cotidiano, y el blanco parecen ser los jóvenes entre los 14 y 24 años. “Los jóvenes en Tumaco parecieran una especie condenada a la extinción”, aseguran habitantes del municipio que pidieron mantener en reserva su identidad.


Según un informe presentado por el Programa Presidencial de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario, los homicidios en Nariño se incrementaron en un 8 por ciento en el 2006 con respecto a 2005. Y de los 797 asesinatos que se perpetuaron, 219 fueron ejecutados en Tumaco, lo que representa el 27 por ciento del total de las víctimas, seguido por Pasto con 134 homicidios (17 por ciento). Otra de las problemáticas de la región tiene que ver con el asesinato de los líderes que están trabajando por la comunidad. El caso más sonado fue el de la hermana Yolanda Cerón, directora de la Pastoral Social, y una de las más acérrimas defensoras de los derechos de las comunidades menos favorecidas, quien fue asesinada por sicarios mientras salía de su oficina el 19 de septiembre de 2001. Según las versiones de los medios de comunicación, la comunidad y entidades como Amnistía Internacional, la religiosa fue ultimada por grupos paramilitares y el crimen obligó a muchos de los líderes de Tumaco a refugiarse en otros municipios.

La Alta Comisionada de las Naciones Unidas denunció que miembros de la Organización Nueva Generación fueron señalados como autores de amenazas de muerte contra líderes sociales y sindicales. Uno de los casos se dio en la vereda La Guayacana, de Tumaco, el 9 de septiembre de 2006, donde los paramilitares amenazaron a un líder de la Asociación de Porcicultores de Calarcá, Asoporca. El hombre huyó de la región.

La vida y el territorio

El pueblo indígena Awá, asentado en los municipios de Tumaco, Barbacoas, Roberto Payán, Ricaurte y Samaniego, está en alto riesgo y hace parte de las víctimas que deja el conflicto en Nariño. Son cerca de 15.200 indígenas que hoy no pueden salir a recorrer en las noches sus resguardos, pues temen caer en algunas de las minas antipersonales que están instaladas en su zona, o hacer parte de la larga lista de desapariciones y asesinatos que se han perpetuado en su comarca por parte de los grupos armados.


“Hay un cambio total en nuestro territorio. Desde el año 2000 se vienen presentando violaciones a los derechos de las comunidades indígenas por los grupos armados ilegales que cruzan la región, y también por parte del Ejército”, denunciaron a Semana dos de los miembros del pueblo Awá, quienes piden la reserva de sus nombres. En el caso de las minas antipersonales, en el departamento se presentaron 13 víctimas durante el primer semestre de 2006, según el informe "Empeora la situación humanitaria y se intensifica el conflicto armado en el departamento de Nariño", de Codhes. En 2005 las víctimas llegaron a 20. “Esta situación se ha presentado en el municipio de los Andes Sotomayor, donde se han reportado aproximadamente 15 personas afectadas por estos artefactos y otras tantas que han visto como muere su ganado y animales domésticos. Según información de la Campaña contra Minas, estas son: María del Socorro Benavides 56 años, Miguel Ángel Rojas 25 años, Segundo Rojas 31 años, José Alirio Caratar 25 años, José Reinci Caratar 21 años y José Luis Oviedo ,11 años”, asegura el documento.

Lluvia de balas


Los hombres Awá, de voz pausada, profundos silencios y respuestas meditadas, han visto cómo los principales líderes y gobernadores de su comunidad han caído asesinados por la balas. Desde el 9 de marzo de 2006, por ejemplo, después de un enfrentamiento entre el Ejército y la guerrilla, se encuentra desaparecido el dirigente indígena Erminsul Pascuala. Dos años atrás, un 24 de octubre, desapareció el líder Efrén Pascal, sin que hasta hoy se tengan noticias de su suerte. A ellos se les suman el asesinato, el 27 de abril de 2006, de Manuel Arturo García, ex gobernador del resguardo Pialapi Pueblo Viejo, en el municipio de Ricaurte; el secuestro del gobernador Hernando García, de la comunidad el Alto Nununaldi y el asesinato de Germán Erráis Guango, que según el informe de Codhes, fue asesinado por el Ejército en desarrollo de la operación contrainsurgente "Gladiador". “El cuerpo presentaba heridas con arma de fuego, arma cortopunzante y arma contundente, según consta en el protocolo de necropsia efectuada el 18 de junio por Medicina Legal. Sin embargo, el Ejército reportó la muerte del civil como un error debido a las condiciones climáticas, la geografía del terreno y el nerviosismo propio de un operativo como este”, reza el informe.

Los escudos

Además de las minas antipersona y el asesinato y desaparición de sus líderes, los indígenas Awá han visto cómo, en medio de los enfrentamientos entre los grupos armados, sus resguardos se utilizan como escudos. Cuentan que en los combates entre las Farc y el ELN han utilizado sus casas para protegerse de las balas. Incluso, han entrado al interior de ellas para disparar. Que hay familias que después de estos combates, prefieren desplazarse hacia otros resguardos para buscar seguridad. Que esos desplazamientos internos afectan a los indígenas porque al irse a otras comunidades ya no tienen el alimento suficiente para subsistir, porque en sus fincas lo tienen todo.
Raúl Vallejos, defensor del Pueblo de Nariño, sostiene que estos desplazamientos entre veredas no son registrados, por lo que la cifra de 55.000 personas desplazadas que según Acción Social se encuentran en esta condición en Nariño, podría ser mucho mayor. “Esto sucede porque los desplazados no siempre tienen el deseo de registrarse, pues sienten miedo de ser estigmatizados, y en otros casos no lo hacen por escepticismo ante lo que pueden lograr. Los desplazamientos intraveredales a veces son temporales, y son casos menos visibles ante las instituciones del Estado”.
Las denuncias de los Awá continúan. Hablan. “Las fumigaciones en Tumaco y en Barbacoas han afectado mucho. Estas fumigaciones con glifosato han acabado todos los productos alimentarios sembrados por las comunidades indígenas, los bosques, y perjudican la salud de los animales. El glifosato acaba con las plantas silvestres que hay en las montañas, y los animales, que se alimentan de ellas, se ven obligados a desplazarse hacia otros lugares, mientras nosotros nos quedamos sin qué cazar. Los ríos también han sido contaminados, los peces se mueren, y nosotros también nos mantenemos de la pesca. Ahí viene la pobreza, la desnutrición, el hambre, las enfermedades, los abortos, y las muertes de niños y adultos intoxicados con la fumigación”. Sus jóvenes, desde los 15 años en adelante, son reclutados a los grupos armados. “En fiestas se los llevan a tomar cerveza, y cuando están bien mareados, les dicen que en la guerrilla van a tener estudio, armas, muchachas. Que hay plata. Que no hay peligro. Muchos de nuestros jóvenes, borrachos por las cervezas, se anotan en una lista para ser reclutados. Al otro día, sobrios, se arrepienten, pero al haberse anotado se los llevan a la fuerza”.

En palabras del Defensor del Pueblo, además de este hecho, que se ha comprobado por la Defensoría, se da que ante la falta de oportunidades para la realización personal de los jóvenes indígenas, muchos muchachos deciden irse para los grupos armados ilegales como una opción de vida. “En el fondo también es un reclutamiento forzado debido a la falta de oportunidades”, dice el funcionario.

La responsabilidad del Estado

El Ejército Nacional también tiene su responsabilidad en esta historia de dolor y sufrimiento. Los líderes Awá aseguran que se han dado retenciones irregulares de indígenas, que incluso, son uniformados para presentarlos como guerrilleros capturados. Otra de las graves denuncias tienen que ver con el irrespeto a las autoridades nativas (para algunos miembros del Ejército el bastón de mando de los gobernadores es un simple "palo") y con la ocupación irregular de sus resguardos. Un hecho que se da en el nivel nacional y que fue denunciado por la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Colombia el año pasado. “La Defensoría del Pueblo registró un incremento de quejas de violaciones de derechos humanos atribuidas a miembros de la Fuerza Pública, particularmente del Ejército y de la Policía. Esta situación afectó en especial a miembros de comunidades indígenas y afrocolombianas, líderes sociales, defensores de derechos humanos, campesinos, mujeres, niños y niñas, sindicalistas, periodistas, y personas desplazadas. Persisten también altos índices de impunidad”. El mensaje del pueblo Awá es claro. “Que nos respeten el territorio y la vida”.

No están ni a favor ni en contra de ningún grupo armado. Su sueño es recuperar la libertad para vivir. Ese es el anhelo.

Otros hechos

Tomas a pueblos y puestos de policía en los municipios de Ricaurte, Los Andes y Barbacoas, donde se ha visto perjudicada la población civil; ataques a bienes protegidos de la comunidad como escuelas y centros de salud; bloqueos a poblaciones, retenes ilegales, fumigaciones de cultivos lícitos, necesidades básicas insatisfechas y desplazamientos masivos como el ocurrido esta semana en El Charco, donde seis mil personas se desplazaron hacia el casco urbano del municipio por los enfrentamientos entre las Farc, EL ELN y el Ejército, hacen parte del agrio panorama de los derechos humanos en Nariño. Ante esta situación, organismos como la del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Acnur, y la Pastoral Social, vienen trabajando arduamente en el tema de la situación humanitaria y el fenómeno del desplazamiento en el departamento.

Con el pueblo indígena Awá, por ejemplo, Acnur inició un proceso que tiene como objetivo el fortalecimiento de la autonomía y el control territorial. Aquí, las herramientas principales para cumplir con la meta son la formación y capacitación del pueblo Awá en temáticas como la legislación indígena, derechos humanos, relaciones interétnicas, entre otras. Además, Acnur dedica recursos para la implementación de proyectos de infraestructura en áreas de riesgo y le apuesta con decisión al fortalecimiento y organización de los desplazados. En Nariño, 10 municipios y 42 asociaciones que defienden los derechos de la población desarraigada en Colombia han conformado, desde 2004, la Mesa Departamental de Población Desplazada, que representa a la gran mayoría de personas sin tierra en el Departamento. Este movimiento fue incluido por la Corte Constitucional en la lista de cuatro organizaciones a nivel nacional encargadas de realizar seguimiento a las políticas públicas de desplazamiento, en especial el cumplimiento de la sentencia T – 025.
Y los alimentos...

Pero además de la labor de estas organizaciones, en Nariño se hace necesario la intervención del Estado con proyectos productivos y la restitución de cultivos ilícitos. En Policarpa, por ejemplo, los cultivos lícitos fueron fumigados, comprometiendo la seguridad alimentaria de la población. Un hecho que también es denunciado por comunidades afro e indígenas. La situación y el estado de los derechos humanos en Nariño es un asunto complejo. La Alta Comisionada de las Naciones Unidas denunció en su informe de 2006 que en los municipios Cumbitara y Policarpa, el 17 de abril, los enfrentamientos entre el Ejército y las Farc-EP provocaron un desplazamiento masivo de 1.455 afrodescendientes.

En Ricaurte, el 12 de julio, por efecto de combates librados entre guerrilleros y militares a cargo del operativo "Júpiter II", se desplazaron 1.816 indígenas Awás. También se denunció que integrantes del nuevo grupo autodenominado Autodefensas Campesinas-Organización Nueva Generación (AC ONG), cometieron masacres en contra de civiles. En Policarpa, entre el 25 y 26 de mayo, dieron muerte a 11 campesinos que volvían de Remolinos después de haber participado en la protesta social, y la masacre de nueve campesinos raspachines, en Olaya Herrera (Nariño), ocurrida el 9 de junio.

Lo preocupante, es que en la opinión de las comunidades y funcionarios de entidades como la Defensoría del Pueblo, la situación tiende a agravarse. El Estado tiene la obligación de intervenir.

La cifra final

En el último mes cerca de 6.000 personas se han desplazado del municipio del Charco, en Nariño, debido a los continuos enfrentamientos entre el Ejército, las Farc y el ELN. Y en lo corrido de 2007, según Codhes, más de 1.600 familias se han visto obligadas a huir del departamento.
Publicación: Revista Semana(Bogotá)
Fecha: 10 Abril 2007
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miércoles, abril 18, 2007

Una semana embelleciendo muertos



Por Santiago Cruz Hoyos

Con el primer difunto que tuvo en sus manos no fue capaz. Al verlo, Carlos Andrés Marín se estremeció. Sintió asco. La escena sucedió hace diez años, pero aún la recuerda como si el asesinato hubiera acontecido pocas horas atrás. Cuando habla sobre lo que ocurrió, se le escapan algunas muecas de repudio.
Aquel era un día importante para su vida. Había conocido el mundo en Sevilla, un municipio ubicado en el norte del Valle, y los días de su juventud se los pasó recolectando café en la finca donde se crió. Carlos Andrés era un campesino, pero un destino al lado de machetes y rastrojos lo desanimaba.
Entonces, arregló su maleta y tomó rumbo a la ciudad, a Cali, en busca de su futuro. Encontró un trabajo como obrero en una construcción. Duró poco tiempo. El trabajo no le gustaba. Gracias a un familiar consiguió un empleo como vigilante de carros en una funeraria. Y allí si se quedó. Primero cuidando carros. Después viendo la muerte en todas sus expresiones. Carlos hace parte de un gremio en donde el oficio, por lo menos en Cali, se aprende de boca en boca y generación tras generación. Es tanatólogo. Su trabajo consiste en embellecer difuntos.
Ese día era la prueba de fuego, el momento de mostrar si tenía las agallas para realizar el oficio. O lo lograba o se dedicaba a cuidar carros. Tomó el cuerpo extinto y empezó a prepararlo para el entierro. Cosió algunas heridas, limpió su piel, sacó sus viseras. Cuando llegó a la cara cayó derrotado. No era capaz. El joven que yacía sin vida había sido asesinado con la bala de un ‘changón’ que le impactó en el rostro. Se lo destrozó. Pómulos sueltos, ojos salidos, cachetes descompuestos. Una cara irreconocible. El muchacho, de unos 17 años de edad, pertenecía a la banda Los Chamones, que operaba en el barrio Lourdes de Cali. Murió en su ley.
Carlos Andrés se retiró del sitio y se ganó un regaño por no terminar el trabajo.
Ahora, una década después de aquel suceso, todo es distinto. Ya se acostumbró a mirarle la cara a la muerte sin temor, sin asco, pero no deja de sorprenderse. Hay muertes trágicas que aún lo sacuden, como el suicidio de un italiano de unos 60 años que se lanzó desde el noveno piso de un reconocido hotel de la ciudad. La cara, recuerda, parecía que hubiera sido arrollada por una tractomula, mientras el cuerpo, fracturado en pedacitos, se le parecía a un enclenque año viejo de diciembre. También recuerda la muerte de un hombre moreno. Tenía una extraña enfermedad y su cuerpo estaba bañado en vómito. Hizo el trabajo, lo preparó para darle un mejor aspecto, pero el pollo que pidió para almorzar esa tarde no se lo pudo comer.
Carlos Andrés se gana la vida con la muerte. Además de preparar difuntos, también se dedica a ‘lagartear’ en las afueras de Medicina Legal. Los ‘lagartos’ o ‘chulos’ son los hombres que viven de las comisiones que pagan las funerarias por conseguir clientes. Muestran gran amabilidad, condolencia con los familiares de los muertos, una que otra palmada en el hombro y una tarjeta de presentación con promociones y descuentos para un entierro. La muerte es su negocio.
Este sevillano de escasa estatura, piel trigueña y ojos oscuros, ya pasa por los 30 años. Trabaja los fines de semana como coordinador de oficios y tanatólogo en una prestigiosa funeraria de estrato seis al norte de Cali.
Dice que en los estratos altos la gente se muere es de viejitos. Quizá tenga razón. En su funeraria sólo se atienden aproximadamente tres casos de muertes violentas al año. Las demás son muertes naturales. En los estratos uno y dos el asunto es a la inversa. Por su trabajo gana un básico de 300 mil pesos, más diez mil por cada cuerpo que prepare. Poca remuneración para un oficio duro y riesgoso.
Y él, embellecedor de difuntos, hace parte de esta crónica que revela las historias de las personas que se dedican a cambiarle la cara a la muerte. Un oficio que guarda algunos secretos y que seguro, pocos quieren realizar.
El nombre científico de esta disciplina es tanatopraxia, definida como la técnica que pretende demorar la descomposición final de un cuerpo. Ése, digamos, es el principal objetivo.
Pero tras ello que parece simple, se esconde una labor social de vital trascendencia, sobre todo en un país violento como Colombia. La tanatopraxia pretende que el duelo que causa la muerte de un ser querido sea más llevadero, más digerible. Es una forma de borrar el sufrimiento de quienes parten de este mundo, una comunión entre cadáver y familiares en donde el mensaje intrínseco es un ya, todo está bien, morí tranquilo. Adiós.
También es una manera de que los familiares de quien es asesinado, torturado, puedan darle cabida al perdón, superen los deseos de venganza, desechar la violencia como medio para sacarse el dolor del alma. Ése es el importante trabajo que realiza Carlos Andrés.
Sin embargo, el empleo de embellecer difuntos es relegado, considerado marginal, asimilado en los imaginarios con la podredumbre, los hedores, la carroña. Al final, el oficio de tanatólogo es como cualquier otro. Exige pantalones, exige cuidados para realizarlo y, sobre todo, responsabilidad. El trabajo no tiene esa aureola oscura y misteriosa que lo rodea. Vamos a las historias.
.......
"Saltó la liebre", le dijeron a don Hernán Cobo por entre las rendijas de la ventana que ilumina su oficina en una funeraria de clase media ubicada al sur de la ciudad. La última pregunta de la entrevista debía esperar. Don Hernán se puso de pie, salió del recinto raudo y movió uno de los carros de la funeraria.
"Cuando salta la liebre quiere decir que llegó un muerto, que hay trabajo", me explicó el hombre de la ventana. "¿No va a mirar?"
Entro a la sala de preparación de cadáveres. Es un espacio rectangular, estrecho, en el que cómodamente caben dos personas y una camilla. Un ventilador viejo pegado del techo cumple la función de refrescar el recinto y eliminar los olores. Camino de un lado para otro. Siempre le he huido a los recuerdos que deja la muerte, por lo menos cuando he perdido familiares muy cercanos. Jamás los vi dentro del féretro, no me atrevía. Preferí guardarlos en la memoria vivos, con los ojos bien abiertos. Ahora de nuevo, veo llegar el féretro a la sala de preparación. Aparece el miedo a observar de frente a la muerte, a guardar esas imágenes. Don Hernán sonríe, quizá note lo que me pasa.
Se puso un delantal, guantes desechables, botas pantaneras amarillas por encima del pantalón de dril. Si no fuera por el tapabocas que utiliza parecería un carnicero de una galería. Cuando abrió el ataúd se desprendió un olor penetrante. Lo cerró. Pedí un tapabocas. El cuerpo estaba envuelto en sabanas con algunos grabados.
Era una mujer de unos 70 años de edad, poca estatura, cabello castaño. En su cara se dibujaba una mueca de dolor, de sufrimiento. Su piel tenía un tono amarillo intenso. Era flaca, seca, chupada por la enfermedad que la llevó a la muerte.
El tanatólogo explica cada paso. Baña el cuerpo con una manguera y jabón, abre un agujero en la boca del estómago con un chuchillo, introduce el eyector de líquidos. Éste, dice, es un cuerpo fácil de preparar. No hay que abrirlo. Cuando empieza a salir la sangre por el eyector me retiro un momento. Es un líquido espeso, oscuro, casi negro. La cara de don Hernán se desdibuja. Se desprende un olor que penetra el tapabocas y el cuello de la camisa que me puse sobre la nariz para tratar de soportarlo.
- Murió de cáncer, cáncer en el estómago, dice.
No tuvo que preguntárselo a nadie. Lo supo por ese particular olor que emanaba el cadáver. Cuando la muerte es causada por cáncer en el hígado, el olor, explica don Hernán, es peor.
Aplica el formol en las arterias con unas inyecciones gruesas en diferentes partes del cuerpo, introduce el contenido de una bolsa de algodón en la boca, en la nariz, "para que no se le salgan los gases". El olor cede.
Ahora peina el cadáver, cose el agujero que abrió como si estuviera amarrando un zapato, pide la ropa. Medias blancas, pantalón negro, blusa azul. Saca el maquillaje, le pinta la boca de un rosado brillante, aplica base, pinta los ojos. Trata de cumplir con el pedido de una de las familiares de la señora: "Que quede bien ‘pispa’". Don Hernán sonríe.
-"¿Cómo la ve? Un cambio extremo, ¿no?", pregunta buscando mí aprobación.
-Sí, sobre todo en la expresión de la cara.
Parecía una elegante señora que dormía placidamente. La mueca de agonía ya no estaba presente. El trabajo duró aproximadamente 40 minutos.
Don Hernán Cobo es un sabueso del negocio. Ha sido vendedor de ataúdes, chulo, tanatólogo, y hasta fue dueño de su propia funeraria. Tuvo su época dorada en los años 70, cuando vendía a granel los féretros en Cali. Incluso, recuerda uno que vendió en aquellos años a Javier Baena, un narcotraficante de la ciudad, por 70 mil pesos. Una fortuna para esos días, tanto, que le alcanzó para comprarse un carro.
Pero su bonanza duró poco. Dice, sonriendo, que siempre ha sido salsero, rumbeador. Se recorría medio país buscando ferias donde quedarse para bailar y beber. La plata se le esfumó, pero nadie le quita lo bailado.
Cuenta que en esos años, en los 70, la gente se moría era de infartos y enfermedades. Ahora, asegura, la gente en Cali se muere es por la violencia y los accidentes de tránsito. Las víctimas generalmente son jóvenes. Tiene razón. Según los datos suministrados por el Observatorio Social, en 2005 se presentaron en la ciudad 1.583 homicidios, de los cuales 723 fueron jóvenes de entre los 14 y 26 años, que equivale a un 46% de los asesinatos. Aunque con respecto al 2004 el número de muertes se redujo en un 27%, la violencia continúa sepultando los sueños de muchos. En 2006, en el Valle del Cauca, se presentaron 2.540 homicidios entre enero y septiembre, según el Programa Presidencial de Derechos Humanos.
Don Hernán es un hombre sin escrúpulos. En 35 años dedicados al oficio lo ha visto todo. Cuerpos quemados, ahogados, accidentados de avión, suicidios. Cada caso es diferente. Por ejemplo, los cuerpos recuperados en los accidentes aéreos son difíciles de manejar. Son blandos, como la contextura de un tomate. El cuerpo de un quemado es baboso, por ello utilizan aserrín en polvo para manipularlo. Uno de los retos más complicados es el manejo de las muertes de quienes padecen de hidropesía, una acumulación anormal de líquidos en el cuerpo. Una vez el tanatólogo ha liberado el cadáver de los líquidos, el cuerpo de nuevo los produce y se infla. Entones se debe repetir el procedimiento.
La muerte que más le ha impactado sucedió hace ya varios años, y fue causada por lo que a diario le quita la vida a miles de personas en todo el mundo: la excesiva velocidad en las carreteras. Un fuerte choque entre una camioneta y un bus cegó la vida de un hombre de edad avanzada. Las piernas quedaron en el asiento delantero de la camioneta, mientras el tronco, desmembrado, quedó en la parte trasera. Don Hernán tuvo la misión de reconstruirlo.
Tantos años de estar entre difuntos le han enseñado que los muertos no asustan. Ha viajado por carreteras, se ha varado en la mitad del camino con un ataúd a su lado, a dormido junto con los cadáveres y jamás le ha pasado nada, ni un susto.
Tampoco se ha enfermado. Siempre, cuenta sonriendo, ha sido un hombre gordo, colorado, con mucha vitalidad. Cuando prepara un difunto muerto por hepatitis o tuberculosis toma "medidas extremas". En lo posible, evita el contacto del cuerpo con sus manos. Cuando es alguien que ha muerto por Sida es más sencillo, se cerciora de no tener ninguna herida y no cortarse durante la preparación del cadáver. Esas, por lo menos, son las pocas medidas de seguridad que ha aprendido de forma empírica. Además, es un hombre tranquilo, que no le teme a la muerte.
Nunca ha hecho la cuenta de cuántos difuntos ha preparado. "Imagínese, si en un mes puedo preparar hasta 40 cadáveres, haga la cuenta por 35 años". 16.800, aproximadamente. En un solo día embelleció hasta diez cuerpos.
La muerte no lo deja almorzar. No por que le de impresión comer después de arreglar un cadáver, sino por el tiempo. Después de terminar de preparar a la señora muerta por cáncer en el estómago y lavarse muy bien brazos y manos me despidió. "Tengo un entierro", dijo. La entrevista terminó. La señora, ahora, está en la sala de velación. Don Hernán, seguro, no se volverá a acordar de ella. Yo hago todo lo contrario. Es mediodía y mientras almuerzo, no dejo de pensar en el olor del cáncer.
...........
Es un negocio redondo. La muerte está presente todos los días del año. En los años 80 y 90, con el enfrentamiento de los carteles de la droga, el negocio de las funerarias se disparó. Entre 1983 y 1993, por ejemplo, la tasa de homicidios en Cali se incrementó de 23 a 93 por cada 100.000 habitantes. Los asesinatos pasaron a ser la primera causa de mortalidad general para todas las edades, superando a las enfermedades cardiovasculares, cuyas tasas se situaban entre 52 y 54 por cada 100.000 personas. Entre 1993 y 1998 se registraron 11,457 homicidios en la ciudad.
Hay fechas del año en donde la muerte parece despertar con más ímpetu. Durante la Feria de Cali, por ejemplo, los homicidios se disparan. Y el Día de la Madre es otra de estas fechas en donde la muerte ronda la ciudad. Este día, el segundo domingo del mes de mayo, suele dejar en las estadísticas un promedio de diez asesinatos por día en los últimos 13 años. En 2002 la cifra se disparó a 16 homicidios. En el Día del Amor y la Amistad sucede algo parecido. Es la cara opuesta de Cali, la cara opuesta a la salsa, a la rumba, a la pasión por el fútbol, a la belleza de sus mujeres. La violencia es el lado oscuro de la ciudad y una marca indeleble para todos los colombianos. Seguro, no existe nadie en el país a quien la violencia no le haya arrebatado un familiar, un amigo, o por lo menos, un conocido. Vamos con otra historia.

El espacio en donde me encuentro es una construcción de 300 metros cuadrados. Cuenta con recepción, oratorio, vestier para tanatólogos, salidas de emergencia, depósitos de residuos de alta peligrosidad, ductos de ventilación, sistema independiente de conducción de aguas y un laboratorio para la preparación de cadáveres con la más alta tecnología. Sobre las paredes blancas resalta una palabra: calidez.
La construcción, ubicada en el norte de Cali, es el Instituto Arquidiocesano de Tanatopraxia Restaurativa, Inartre, único en Latinoamérica. Aquí, el asunto a la hora de arreglar un cadáver es diferente con respecto a las funerarias que visité. El laboratorio para la preparación de los difuntos parece más bien un quirófano. El espacio cuenta con cuatro mesas adecuadas con la última tecnología, máquinas de inyección de líquidos arteriales, hidroaspiradora, duchas de emergencia, instrumentales.
Los tanatólogos parecen ser médicos que se aprestan para una intervención quirúrgica. Guantes desechables, tapabocas, gorro, batas y hasta mascaras, hacen parte de su indumentaria. Son hombres que a diferencia de Carlos Andrés Marín y don Hernán Cobo, se han formado profesionalmente para desempeñar el oficio. Han ido a congresos, seminarios y prácticas en Medellín, única ciudad en Colombia donde se ofrece una carrera universitaria de tanatopraxia.
Llegan dos cuerpos, dos ancianos. Antes de entrar al laboratorio me entregan una bata, un gorro y un tapabocas. Prohíben tomar fotografías. A mí lado está Pedro Nel Samboní, uno de los tanatólogos de Inartre, quien lleva 24 años en el oficio. Al principio el hombre parece serio, incomodo por mí presencia. Después, toma confianza, me da una cátedra de cómo arreglar un cadáver, y abre sus recuerdos para contar las anécdotas de su oficio, unas alegres, otras tristes.
Cuenta, por ejemplo, que uno de los momentos más difíciles de su trabajo fue el haber arreglado el cadáver de su padre, Aníbal Samboní, muerto por un cáncer de próstata. Mientras lo preparó estuvo tranquilo, le pidió a Dios y al alma de su progenitor que le dieran fortaleza, y se dedicó reposadamente a preparar el cuerpo. Después, en la sala de velación, llegaron los recuerdos y se desplomó en llanto.
Mientras cuenta su historia le abre un agujero a la altura del cuello al cuerpo que está preparando. Es una mujer de edad avanzada. Pedro Nel, con tijeras y pinzas, abre la carótida e introduce una manguera conectada a un dispositivo para inyectar Arterial 38, un químico para preservar el cuerpo. En Inartre el formol es cosa ya del pasado. Arterial 38, además de preservar un cadáver, hace que el tono de la piel amarilla y pálida de la muerte cobre vida, vuelva a lo que fue mientras el difunto caminaba por la tierra. Y a diferencia del formol, con el Arterial 38 el cuerpo conserva cierta flexibilidad.
"Acá lo tenemos todo para realizar el trabajo", opina Pedro Nel, mientras me muestra algunos de sus instrumentos. Explica la función de cada uno. Después cuenta lo que ha sido una de sus grandes alegrías en el trabajo de arreglar muertos.
"Una vez preparé el cadáver de una señora que tenía un cáncer en la cara. El rostro lo tenía mal, irreconocible. La señora había sido novia de un compañero mío, también tanatólogo. La preparamos juntos y quedó perfecta. La hija de la señora, viéndola en la sala de velación, dijo que ella no era su mamá, que era otro cuerpo. Yo me le acerqué y le dije que la mirara bien, que sí era su mamá. Ella me abrazó, se puso a llorar, y me dio las gracias por el trabajo. Ese es el premio de uno en este oficio".
En Inartre todos parecen trabajar en función de aliviar el dolor de las personas que pierden un ser querido. Desde el director, Guillermo Moreno, la recepcionista, los tanatólogos, y todos los empleados, tratan a las personas que sufren con cariño. Es una forma de darles una mano, de ayudar a llevar la cruz de la muerte.
La tarde comienza a declinar. Pedro Nel culmina su trabajo, dice que dejó a la señora que acaba de preparar reluciente, como para una fiesta en la otra vida. Termina de contar sus historias. Me despido. Antes me rosea en las manos una loción que dice que es "deliciosa, para que le acaricie la cara a la novia". El olor es penetrante, como el de un ambientador barato. Sonrío. Es la loción que se hecha Pedro Nel en las manos cada que termina de arreglar un cadáver.
Afuera, unas personas esperan la entrega de un cuerpo. Un joven tiene los ojos llorosos. Es culpa de la liebre que en Cali, nunca deja de saltar. La muerte está todos los días de la vida. Y los tanatólogos listos para cambiarle la cara. En las manos de estos hombres todos estaremos algún día.

Artículo publicado en la Revista Semana.

viernes, enero 19, 2007

Entrevista con un gigante de las letras





El periodista Alberto Salcedo Ramos, considerado como el mejor cronista del país en la actualidad, estuvo en Cali en el Seminario Internacional de Periodismo organizado por el periódico La Palabra y su aniversario número 15. Relato de una entrevista con un gigante de las letras.

Por Santiago Cruz Hoyos


Era un tipo tan tímido, que cuando iba a los periódicos de la Costa a buscar trabajo se llenaba de miedo, rompía en pedazos su hoja de vida, los botaba a la caneca de la basura, y tomaba rumbo a su casa sin ni siquiera haberse presentado ante el editor de turno. Con las mujeres, en aquellos años de niñez y juventud transcurridos en Arenal, Bolívar, sucedía algo parecido. Su timidez extrema y sus temores hicieron que jamás le confesara su afecto a Ana Milena, una niña que le encantaba.

Así era Alberto Salcedo Ramos en sus primeros años de vida, hoy consagrado como un maestro del periodismo y, sin duda, el mejor cronista de Colombia en la actualidad. Antes de conocerlo uno se imagina toparse con un hombre distante, serio, de esos intelectuales inalcanzables. Sin embargo, cuando lo saludas, se siente que le acabas de estrechar la mano a alguien que conoces desde hace tiempo. ¿Santiago? ¿Cómo vas hermano?, dice con marcado acento costeño mientras me da una palmada en la espalda.

Ahí, al saludarlo por primera vez, entendí lo que escribió Daniel Samper Ospina, director de la Revista SoHo, en el prólogo de El Oro y la Oscuridad, el más reciente libro escrito por Salcedo que retrata de forma bella la vida de Antonio Cervantes, Kid Pambelé, la máxima gloria que ha parido el boxeo colombiano. Dice Samper que “si usted lo ve, no creería que se trata de él. Quiero decir: si usted ve que es un tipo de jeans, tan tranquilo, tan desprevenido ante su propio ingenio, creería que no está hablando con Alberto Salcedo Ramos, el mejor cronista de la nueva generación que tiene Colombia, sino con cualquiera”. Y más adelante agrega: “Encima de su maestría periodística, Salcedo tiene el raro don de ser un tipo cuyo talento es proporcional a su sencillez. Apacible, sereno. Buena gente. Como si las obras que ha escrito no fueran suyas”.

Caminamos hacia el parqueadero de la Universidad Javeriana, en Bogotá, donde dicta clases de periodismo. Hace frío. En el trayecto le recuerdo las palabras de Samper Ospina en el prólogo de su libro, en donde incluso lo puso a la misma estatura del gran escritor norteamericano Gay Talese. “Daniel exagera en ese prólogo”, dice modesto. Le digo que no, que no exagera. Sonríe. Después bromea con el portero del parqueadero. Y sí, aunque es un gigante de la crónica, premiado en tres ocasiones con el Premio Simón Bolívar de Periodismo, y tener a su haber galardones como el Premio Internacional de Periodismo Rey de España, el Premio al Mejor Libro de Periodismo, entre otros, Alberto Salcedo Ramos actúa como si fuera un tipo común y corriente.

En el trayecto al café Juan Valdez, ubicado en cercanías a la Avenida Chile, se habló de periodismo, de fútbol, de escritores, de libros, de mujeres, de todo. Este encuentro con este maestro de la crónica se venía madurando desde principios de año, cuando lo contacté por correo electrónico con la ilusión de que estampara su firma y sus historias en la revista donde laboro. Y así fue. Desde entonces se ha mantenido un puente directo, una relación virtual parecida a la de un maestro con su aprendiz. Jamás deja de contestar un correo o negarte los comentarios sobre un texto que hayas escrito.

Sentados en el café Juan Valdez la noche fría de la capital comienza a desparramarse. La brisa que viene de los cerros es fuerte. Alberto, en medio de sus carcajadas, saboreando una malteada de café, se burla de su pasado, mientras suelta varias de sus anécdotas en donde la timidez y el miedo eran los protagonistas. Cuesta creer que un tipo de su capacidad, de su talento, de su ingenio, sintiera miedo de dejar una hoja de vida en un periódico o confesarle su amor a una mujer.

Pero es cierto. De adolescente, por ejemplo, era el único de sus amigos que no tenía novia por culpa de sus temores. Entonces, en medio de su desespero, se sentaba a escribirse cartas de amor a él mismo y las firmaba con el nombre de una mujer llamada María. Las cartas las escribía con la mano izquierda para que la letra se viera diferente, y las dejaba por ahí, a la vista de todos en su casa. La noticia de su novia imaginaria le hizo ganar respeto entre sus familiares y se convirtieron en sus primeras experiencias con la literatura.

Cuenta, además, una historia de amor que parece sacada de un cuento pero es real y él es uno de sus principales protagonistas. Habitaba en su casa Magoline, la empleada doméstica, una mujer que Alberto veía en medio de una soledad angustiante, triste. La casa era visitada por otro personaje igual de solitario, igual de afligido. Entonces a Salcedo, que tenía en ese entonces nueve años, se le ocurrió escribirle cartas de amor a Magoline en nombre del solitario personaje. Hoy Magoline y el sujeto viven juntos, enamorados, gracias a las palabras de amor que escribió Salcedo.

“Si a un niño de nueve años un truco de esos le funciona, ya queda encadenado, ya no hay manera de devolverse”, dice.

Le anuncio que traje sus libros para que los firme. Leo. Hasta sus autógrafos tienen el sabor de una buena crónica. Después inició una entrevista sobre el oficio de ser cronista. Una de las mejores clases de periodismo que he recibido. Las lecciones son varias.

Uno, hay que escribir sobre lo que se conoce, sobre lo que te apasiona. El gran tema depende del corazón. Dos, para lograr un estilo hay que escuchar otras voces, otros autores. El estilo, sospecha, llega después de los 40. Tres, todo gran tema debe tener historias mínimas, escenas conectadas que mantengan el clímax del relato y describan la personalidad del personaje. Cuarto, hay que leer mucho. Quinto, hay que tener amor propio, jugársela toda a la hora de escribir, es una cuestión de dignidad. Seis, la grabadora es una herramienta y hay que saberla manejar. La grabadora, bien utilizada, permite recordar sonidos, palabras, gritos, es un elemento que ayuda a recrear atmósferas. Siete - una lección que no necesitó expresarla en palabras - hay que tener pasión por lo que se hace, respetar el oficio.

Como alguna vez lo mencionó en una entrevista con el periodista Donaldo Alonso Donado: “Hay que hacer periodismo por gusto. Funciona si lo sientes. Por eso es que los estudiantes de periodismo tienen muchos problemas: sólo escriben para el parcial y el examen final. Funciona, que si no lo haces te mueres, así sirve. Debe haber un gusto y hay que disfrutarlo. Esto es igual que en el amor”.

Así es él, un tipo que respira periodismo, respira historias, las disfruta. De esos seres que no pueden vivir sin escribir, se sienten mal si no lo hacen, pierden su esencia. Un cronista de verdad, un cronista auténtico. Esa es su mayor lección.

Después de dos largas charlas con Alberto Salcedo Ramos, un gigante de la crónica en Colombia, uno termina tranquilo consigo mismo, feliz de haber escogido para su destino, lo que Albert Camus calificó como el oficio más bello del mundo: el periodismo.

miércoles, enero 03, 2007

Don Guillermo Cano: el gladiador de la verdad




Por Santiago Cruz Hoyos
Infranqueable. De carácter indestructible. Recio. Amante de la palabra, del buen periodismo. Gladiador de la verdad. Así era don Guillermo Cano Isaza, el director de El Espectador que en diciembre de 1986, hace ya 20 años, fue asesinado por ejercer su oficio a carta cabal, sin resquebrajamientos, sin miedos, sin tapujos. Ese fue su único “error”.


Don Guillermo, desde su columna Libreta de Apuntes, que se publicaba sagradamente en las ediciones dominicales de El Espectador, criticó y desnudó al narcotráfico con vehemencia, considerándolo como una de las desgracias más graves que padecía Colombia.


Y desde su periódico y sus columnas libró una batalla sin contemplaciones contra ese flagelo. “Emporio de cocaína, muerte y dólares”, titulaba El Espectador el 5 de diciembre de 1986, en un informe que desvestía la estructura, operaciones y delitos del cartel de Medellín. Días más tarde el informe especial titulaba: “De cómo se tomó el mercado norteamericano”, en donde se daba cuenta a la opinión pública de la manera en que los narcos, a la cabeza de Jorge Luis Ochoa, Pablo Escobar, Carlos Lehder, Gonzalo Rodríguez Gacha, entre otros, traficaron con droga en Estados Unidos.


Don Guillermo quizá firmó su sentencia de muerte el 25 de agosto de 1983, tres años antes de su muerte. Ese día El Espectador, en primera plana, titulaba: “En 1976 Pablo Escobar estuvo preso por drogas”. Según las crónicas de la época, la edición del periódico fue recogida en Medellín en pocas horas y se pagó cifras especiales por cada ejemplar.


Días después, el 6 de septiembre, se publicó la primera entrega de un trabajo titulado
“Revelaciones sobre Pablo Escobar”. Allí se informaba de la existencia de un proceso penal por narcotráfico contra Escobar, en esos años congresista de la República, y Gustavo Gaviria, su primo. 17 días después se dictaba la orden de detención contra el narco. Don Guillermo estaba sentenciado.


Las amenazas de muerte, que le llegaban en telegramas, siempre las negó. Jamás quiso ser escoltado y su única arma, como diría el cronista Germán Santamaría, era su máquina de escribir. Era la palabra.


La historia de su muerte ya se conoce. Ocurrió a las 7:15 de la noche, un 17 de diciembre de 1986, frente a las instalaciones de El Espectador. Iba en su camioneta Subaru, sobre la Avenida 68 con calle 22. Mientras hacía un giro en U para dirigirse al norte, a su casa, recibió ocho impactos de bala. Los sicarios que le segaron la vida se movilizaban en moto. El carro de don Guillermo se estrelló contra un poste situado en el andén oriental de la avenida. Ahí llegó la muerte. Al siguiente día, en medio de un país conmocionado, los medios se silenciaron. No circularon periódicos, la radio no se escuchó y la televisión no se vio. Dos días después El Espectador escribió: don Guillermo Cano, el único hombre en la historia que fue capaz, ayer, de hacer que los colombianos volvieran a escuchar el silencio…


Entre la verdad y la vida… la verdad


Gabriel García Márquez, uno de los buenos amigos de don Guillermo, escribió que lo que más le sorprendía del director de El Espectador era la rapidez con que reconocía la noticia.

“Una tarde, minutos antes de que el periódico entrara en las máquinas, se desplomó sobre la ciudad un aguacero torrencial como recuerdo muy pocos. La sensación de fracaso fue completa para quienes acabábamos de meter al horno nuestro pan de cada día. Nada había que hacer, salvo contemplar el agua por la ventana, hasta que Guillermo Cano se volvió a decirnos: Este aguacero es noticia. Empezó a dar órdenes, mandó a los fotógrafos para la calle, encomendó a cada redactor una investigación relacionada con su especialidad. Al fin él mismo se sentó a la máquina, e hizo en una cuartilla simple una síntesis magistral del desastre de tres horas que acababa de ocurrir. Cuando escampó, a las seis de la tarde, la edición completa del aguacero había reemplazado a la del día, y salió al encuentro de los lectores empapados que aún no lograban regresar a sus casas en una ciudad desordenada por la tormenta”.


José Salgar, uno de los grandes periodistas de este país y subdirector de El Espectador en la década de los 80, recordó en su columna El Hombre de la Calle la obsesión que tenía don Guillermo, o don ‘Guiller’, como le decían en la redacción, por los títulos de las noticias publicadas en primera página. Y ahora, ¡la naturaleza!, tituló don Guillermo cuando sucedió la tragedia de Armero. Luna…Luna…Luna… tituló el día de la llegada del hombre al satélite de la tierra. Holocausto en la Justicia cuando aconteció la toma al Palacio. Por eso, dice Salgar, cuando ocurrió su asesinato, y ya no estaba él para los grandes titulares, “no tuvimos otro remedio que publicar un titular obvio: Asesinado el director de El Espectador”.


Hernando Santos Castillo, otro de sus entrañables amigos, escribió que don Guillermo era “un director periodístico de hondo calado. Percibía la noticia con velocidad. Por sobre todo la interpretaba y la reflejaba en sus escritos, con un gran sentido político”. Y más atrás decía: “era un hombre introvertido, tímido, ajeno a los acontecimientos sociales y en el fondo, enemigo de todo protocolo”.


En las crónicas que se publicaron después de su asesinato sus demás compañeros, como Carlos Murcia, lo recordaban, por ejemplo, por ser “un comprador irreductible de lotería”, la misma que le compraba a ‘Mala Suerte’, un lotero de 79 años llamado Santiago Aguilar. También se recordaba su trato paternal con los empleados del diario, su amor eterno por Santa Fe, y las ‘peleas’ con Ernesto Muñoz Neira, diseñador e hincha de Millonarios, a quien don Guillermo acusaba de darle más espacio y titulares más grandes al ballet azul que a su equipo del alma.


Tal vez la definición más certera y concreta sobre don Guillermo la escribió Maria Jimena Duzan en su tribuna en El Espectador Mi Hora Cero. Escribió María Jimena que entre la verdad y la vida, don ‘Guiller’ siempre escogió la verdad. “Así era él, de una pieza”. Y recuerda la sentencia y la lección que les dejó a quienes tuvieron el privilegio de trabajar a su lado: una vida de espaldas a la verdad no vale la pena.


Para quienes apenas empiezan a caminar por el mundo del periodismo la lección que dejó don Guillermo es la misma. Sólo que no está él para decirla. Sin embargo, en sus Libretas de Apuntes, hoy amarillas por el paso del tiempo en las hemerotecas, su sentencia aún palpita. Una vida de espaldas a la verdad no vale la pena. Paz en su tumba.